En una charla íntima con IMPACTO tras su presentación en Mundos Librería, la artista plástica repasa la creación de «Cuadernos de Viaje», un libro que recopila sus pinturas al aire libre, y confiesa su fascinación por el caldén y los atardeceres pampeanos que la «arrollan».
POR LUIS MATÍAS GONZÁLEZ
La noche en Mundos Librería fue, como lo describieron los asistentes, un momento de cultura y sensibilidad. Con un marco de público que acompañó cálidamente, Dolores Maiz Casas presentó su libro «Cuadernos de Viaje», una obra que no es solo una recopilación de acuarelas, sino un testimonio visual de su conexión con el territorio argentino. Entre vinos y charlas distendidas, la artista completó el ciclo vital de su obra: la mirada del otro. En diálogo con IMPACTO, Dolores repasó las sensaciones de esa noche especial y se sumergió en los detalles de su proceso creativo.
MIRÁ EL VIDEO:
— Dolores, bienvenida. Felicitaciones por la presentación de anoche. Se vivió un momento muy lindo en Mundos Librería…
— Hola Luis, ¿cómo te va? Buen día. La verdad que sí, fue un momento muy lindo, muy cálido. Para mí era muy importante estar ahí porque tengo un vínculo especial con la librería, con el espacio, con lo que genera como un oasis de cultura, hecho con mucho amor. Creo que Victoria siempre se encargó de que las cosas estén así, hechas con mucho amor, con mucho sentimiento. Y eso se sintió, fue muy espontáneo.
— «Cuadernos de Viaje» es el título del libro. ¿Cómo nace este proyecto y por qué decides publicarlo en este formato?
— Nace del deseo de compartir mi trabajo. Este trabajo tiene muchas pinturas en acuarela chicas, hechas al aire libre, en unos cuadernos tipo sketchbook, de notas rápidas. Empecé a juntar esto y quería mostrarlo, compartirlo, porque la obra del artista se completa con la mirada del otro. Era un formato difícil para una muestra, y el formato del libro es muy tentador. En el momento que uno agarra un libro, se encuentra con uno mismo, tiene un tiempo distinto que cuando pasas por una galería de arte. Creo que se produce algo diferente cuando uno toma posesión de la obra en un cuaderno, en un libro, y se lo lleva y lo hojea tranquilo a su ritmo.
— Mencionabas anoche algo muy profundo sobre la pintura, que no solo es lo visual…
— Totalmente, uno cuando, por lo menos yo en mi caso, no trato de tomar la imagen exacta, de copiar la naturaleza, sino de que me atraviese y salga algo que te evoque esas sensaciones que yo recibí. En mi acuarela, es una pintura rápida, al aire libre, la hago en el lugar, para tomar ese espíritu del impresionismo, tomar esas impresiones completas, que no es sólo lo visual, abarca todos los sentidos.
— A La Pampa «hay que saber verla». Y vos decías que te impresionó muchísimo nuestro paisaje…
— Totalmente, el paisaje pampeano es muy particular. Cuanto más entrás a La Pampa, las distancias empiezan a ser diferentes, las distancias entre los árboles, entre las casas, las distancias que podés ver el horizonte. Yo viví mucho tiempo en el campo, en Rancul, y tenés una sensación de lejanía impresionante. Y algo que no podemos dejar de nombrar es los caldenes. El caldén es un árbol único, que sólo está en esta región, son impresionantes, son árboles potentes.
— El caldén es un símbolo de resistencia en nuestra llanura…
— Sí, tiene una característica muy particular. Cualquiera que viva en La Pampa y vea un caldén, aprécielo, porque tiene una estructura morfológica completamente distinta. Es un árbol con una raíz muy muy profunda, que supera su copa ampliamente, para resistir estos vientos, los vientos del mes de agosto. Es una belleza, y esta sensación del espacio, también lo podés sentir si recorres en avión, cómo va cambiando los recortes de las cuadrículas de la tierra labrada… la ganadería tiene otra amabilidad con el terreno, entonces hay más zonas de pastizales, más montes, cambia un montón. Sobre todo los atardeceres acá son majestuosos.
— Nuestros atardeceres se «incendian». Al ser tan llano, los colores son únicos…
— Sí, tal cual, se incendia. Vos dijiste esa palabra que es muy propia. Es majestuoso, las últimas líneas de luz y entre que se pone el sol y la última luz crepuscular, esos momentos son mágicos, son muy especiales. Creo que todos los que viven en la región deben tomarse un minuto para una tarde especial, que haya algunas nubes, sobre todo, que recorten el cielo, y puedan conectar con la majestuosidad de la región.
— Mirando hacia atrás, ¿cuándo empezaste a dibujar con esta pasión?
— Bueno, cuando estudié la carrera de Bellas Artes descubrí el poder de la expresión plástica, de la línea, del color. Pero después, muchos años después, di clase de dibujo y creo que aprendí a dibujar dando clase. Di clases veinticuatro años, y te diría que en los primeros diez años, mientras yo enseñaba, aprendí un montón, porque dibujar es aprender a ver. La docencia fue muy rica para mí, me transformó mi mirada y aprendí a dibujar con más expertise, después de muchos años, un proceso muy largo. Creo que hay que tenerse mucha paciencia en las cosas en general, no creer que uno va a aprender rápido algo, darse tiempo.
— Para terminar, Dolores. ¿Qué mensaje le darías a los jóvenes o a los chicos que hoy sienten esa inquietud artística y disfrutan de dibujar o pintar?
— Que no lo dejen de hacer, y que no lo carguen de presión al hecho de poder disfrutar dibujar o imaginar cosas. Que lo sigan haciendo y lo vayan incorporando, y que tengan mucha paciencia, porque es un aprendizaje muy largo, pero sobre todo es muy disfrutable. Yo a los jóvenes hoy en día les diría que insistan, que sean persistentes, que no renuncien a un primer fracaso, y que un error no es nada, es un aprendizaje más. Que no desistan, que lo incorporen, que lo dejen en un rincón o lo dejen siempre disponible. Todos los niños dibujan, todos los niños se expresan con placer y con espontaneidad. Cuando recuperas un poco eso de grande, no lo pierdan, déjenlo ahí, síganlo, insístanlo, explórenlo. Y tomen ejemplos de los grandes maestros, que la historia del arte es muy nutritiva.