El fantasma de Vairoleto en los montes de San Luis y el comienzo de una gran historia de amor.
La figura de Juan Bautista Vairoleto –o Bairoleto, como él mismo solía firmar su nombre– sigue vagando en las historias del centro del país. Murió hace más de ochenta años, pero aún aparece en relatos que viajan de boca en boca, desde Mendoza hasta La Pampa y San Luis, como si su espíritu siguie ra recorriendo esos caminos polvorientos que lo vieron huir y resistir.
✍️@luismatiasgonzalez
Y en Bagual, una pequeña localidad del sur puntano cercana a Fortín El Patria con una rica historia de un pasado que aún respira a cada paso, surge su sombra y la de un gran amor.
Allí, sobre la calle Rivadavia, todavía quedan las ruinas de lo que alguna vez fue un almacén de ramos generales, construido hacia 1910.
Esas viejas construcciones, con paredes de barro y paja –“de chorizo”, como decían los antiguos pobladores–, eran el corazón de los pueblos. Vendían de todo: desde tornillos, frazadas y herramientas hasta yerba, vino y galletas.
Todo lo que un paisano podía necesitar para atravesar semanas enteras aislado. Sobre todo para quien era celosamente perseguido.
Ese local, que perteneció a un hombre de apellido Larrauri, guarda una historia que los vecinos todavía repiten y me cuentan: dicen que allí Vairoleto compraba balas, bebidas y provisiones cuando se escondía en los montes de San Luis, un territorio agreste y casi impenetrable.
Los montes puntanos, espesos y llenos de chañares, quebrachos, jarillas y algarrobos, eran su guarida perfecta.
Aún hoy, caminar por las ruinas de ese edificio –con su altillo de madera y las chapas oxidadas que sobreviven al tiempo– es como asomarse a un pasado que se niega a desaparecer.
Porque Vairoleto no solo fue un perseguido; también fue un hombre con una vida misteriosa, intensa. El «Robin Hood de las Pampas», como le decían.
No muy lejos de allí, también descansan los restos de la casa donde nació la mujer que formó parte de su vida. Apenas un esqueleto de paredes caídas, testigo mudo de una época en que la huida de la ley y la leyenda inmensa se entrelazaban.
El cartel dice aún, como firma conmovedora de la historia, «Familia Ceballos».
Telma Ceballos, una puntana nacida en esas tierras, donde el viento levanta polvo y silencio y las noches parecen infinitas. Allí vivió con su familia, hasta que partió a Mendoza cuando su padre murió.
Cuando tenía 25, vivía con su madre y su padrastro Gerónimo Altamirano en el sur mendocino. Altamirano tenía un amigo de unos cuarenta años que, cada tanto, los visitaba. Ese hombre, de mirada serena y vida errante, era Juan Bautista Vairoleto.
Telma dijo alguna vez, evocando su historia, que su padrastro no quería que ella se acercara a él, y ni siquiera le revelaba su verdadero nombre para protegerlo. Pero un día, el amor pudo más: Vairoleto la invitó a subir a su caballo y ella no dudó. No hubo promesas escritas, ni explicaciones: solo el galope alejándolos del mundo.
Se fueron juntos y formaron una familia con dos hijas, a quienes criaron con dedicación en tierras mendocinas.
Como ya se sabe, en 1941 la policía lo rodeó cerca de General Alvear. Para proteger a Telma y a sus hijas, las encerró en una habitación, se entregó como blanco y, cuando comprendió que lo matarían, dicen, se quitó la vida antes de que la ley llegara a su familia.
Las historias de ternura familiar conviven con las de su vida del bandido justiciero.
Son los paisanos humildes los que lo recuerdan como un hombre que, tras sus robos, compartía parte de lo obtenido con quienes poco tenían. Volvía con vino, alpargatas o herramientas para ellos. Perseguido, admirado y temido, nunca dejó de ser un hombre marcado por la ley y las balas.
En la voz de Telma, cuando relataba su historia, había algo más que dolor: había amor y orgullo, como si en cada palabra aún pudiera sentir el galope de aquel primer viaje, cuando la vida les pertenecía.
Hoy, entre las chapas oxidadas del viejo almacén de Bagual y las ruinas de las casas que alguna vez lo albergaron, la leyenda sigue viva.
Los lugareños aún hablan de él, de un hombre que encontró en los montes puntanos su escondite y en los caminos rurales su escenario, siempre oscilando entre mito, bandido benefactor y protector de los suyos.