Realicó, tierra de leyendas: la tumba discreta y oxidada que no tiene flores. Pero tiene memoria.
En uno de los sectores más silenciosos del cementerio de Realicó, una cruz de hierro forjado custodia la tumba de un hombre cuya vida quedó atrapada entre la historia y la leyenda. Se llamaba Pedro Moroni, y aunque hoy su nombre apenas resuena entre los muros de ladrillo del camposanto, fue uno de los personajes más cercanos y enigmáticos del célebre bandido pampeano Juan Bautista Vairoletto.
✍️Por @luismatiasgonzalez
Moroni no fue un ladrón común. Hijo de colonos italianos, creció cerca de Monte Nievas, donde se forjó como mecánico, lector empedernido, aprendiz de espiritista y, según se decía, un hombre convencido de que las balas no lo tocaban. Le llamaban “el científico”, por sus conocimientos de armas y máquinas, pero también por su pensamiento inquieto, que lo llevó a abrazar las ideas anarquistas que comenzaban a circular en los márgenes del campo pampeano.
Según el amigo e historiador Carlos Rodrigo me contó en varias oportunidades, Moroni fue una figura clave en los años más intensos de la banda de Vairoleto. Compartió con él la vida clandestina, la desconfianza hacia el poder y el destino de los rebeldes. En 1931 participó en el asalto al estanciero Mandrile, y poco después, al volver a visitar a su familia, fue cercado por la policía. En el tiroteo que siguió mató a un oficial: sería el único crimen con autoría confirmada en su historial.
Pedro Moroni murió así, en la tierra donde había nacido y resistido. Fue enterrado en Realicó, y muchos aseguran que su inseparable amigo Vairoleto —ya convertido en mito viviente— volvió más de una vez a visitar su tumba.
La historia de Vairoleto también tuvo un final trágico. Perseguido durante años por robos, asesinatos y propaganda subversiva, murió en 1941, en un rancho de Mendoza, cercado por una partida policial tras ser delatado por un viejo compañero. Algunos dicen que se suicidó antes de caer en manos de sus perseguidores. Para entonces, su figura ya era la de un forajido romántico: el “Robin Hood criollo” que robaba a los ricos y ayudaba a los pobres.
El caso de Moroni es distinto. No fue tan famoso, pero su historia revela las fisuras de una época: la desigualdad rural, la represión, las ideas peligrosas que cruzaban los sembrados como rumores de tormenta. Su tumba, discreta y oxidada, no tiene flores. Pero tiene memoria.
Y en Realicó, eso todavía cuenta.
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