Hay lugares que parecen detenidos en un tiempo exacto, ese donde la felicidad no necesitaba de pantallas ni de algoritmos, sino de un poco de envión y el coraje para soltarse. En Realicó, tenemos la fortuna de habitar un mapa que todavía conserva esos santuarios de la infancia: el parque «Infancia Feliz», ubicado frente a la Comisaría y el entrañable espacio «Enanitos Verdes», de Barrio Norte, o el «Evita» detrás del Hospital, por citar algunos. – Por @luismatiasgonzalez
Cruzar estos parques es, para muchos de nosotros, desandar los pasos hasta nuestra propia niñez. No son solo espacios verdes; son cofres de recuerdos donde los juegos tradicionales, esos que se mantienen impecables desde hace décadas, siguen siendo el lenguaje común entre padres, abuelos y niños.
El gigante de hierro y los guardianes de sombra
¿Quién no sintió ese cosquilleo en la panza frente al enorme tobogán de la esquina de Francia y Gobernador Centeno?. Con más de 50 años de historia a cuestas, esa mole de hierro no es solo un juego; es un monumento a la risa compartida que ha visto deslizarse a distintas generaciones, manteniendo intacta esa magia que hoy heredan nuestros hijos, nietos o sobrinos.
Y allí están también los árboles, esos gigantes que nos sorprenden por su tamaño y que no solo ofrecen la sombra necesaria para el mate de la tarde. Son testigos silenciosos de nuestra historia, guardianes que nos recuerdan la importancia vital de proteger lo que tardó tanto en crecer.
Es importante aclarar que este sentimiento de nostalgia no implica, en absoluto, ir en contra del progreso o de las nuevas tecnologías. No se trata de elegir un tiempo sobre otro, sino de entender que lo moderno y lo tradicional pueden convivir armoniosamente en nuestra comunidad.
Contar con espacios modernos, juegos actuales y herramientas digitales es fundamental para el desarrollo de las nuevas generaciones, pero esa evolución no debe exigir el sacrificio de nuestra identidad. La convivencia de ambos mundos es lo que hace rico a un pueblo.
Hacerlos cómplices del amor
Si bien es positivo contar con espacios novedosos y juegos actuales, hay algo en lo antiguo que nos conecta con nuestra esencia. Mantener lo que nos hizo felices es un acto de resistencia cultural. Contarles a los pibes que en ese mismo sube y baja se sentó su abuelo, o que bajo ese eucalipto aprendimos a correr, es hacerlos dueños de esa historia.
Debemos hacer a nuestros hijos cómplices de tanto amor acumulado en estos rincones. En cada raspón en el tobogán y en cada hamacada al cielo, hay un hilo invisible que nos une. Proteger estos parques es, en definitiva, proteger el derecho a una infancia con historia, raíces y mucha, mucha libertad.