La realidad siempre entra a cada casa por algún lado. A veces, lo hace por la cara sombría de los adultos. Otras, por la ventana de la tele o por alguna charla ocasional que los más chicos escuchan con agudeza. Ellos saben de qué se trata, olfatean la malaria, reconocen signos. Por eso, nunca hay que subestimar la capacidad de comprensión de los pibes. Y mucho menos, su sensibilidad y su facilidad para empatizar con el otro. Ojalá los Reyes le traigan a Joaco lo que pide… Ojalá entendamos, los adultos, que no hay soluciones mágicas para los problemas que hoy atraviesan a millones de laburantes.