Hay abrazos que tienen sabor a victoria antes de que empiece cualquier juego. Hay risas que desarman el cansancio, que borran los años acumulados en el calendario para recordarnos que el alma, cuando se alimenta de afecto, siempre es joven.
Recientemente, Realicó se convirtió en el hogar y punto de encuentro de decenas de adultos mayores del norte provincial en el marco de los Juegos Deportivos Pampeanos. Las bochas rodaron; el tejo dibujó sonrisas; las cartas sobre la mesa fueron testigos de picardías y complicidades; y el tejido entrelazó no solo lanas, sino historias de vida.
Pero más allá de los podios, de las medallas y de los pasajes asegurados hacia la gran final en Santa Rosa, lo verdaderamente valioso ocurrió en los márgenes de la competencia. Ocurrió en el mate compartido a las apuradas, en el saludo entre quienes se veían por primera vez y se despidieron como si se conocieran de toda la vida, en el orgullo de sentirse parte.
El arte de no sentirse solos
Envejecer activamente no es tan solo cuidar el cuerpo; es, por sobre todas las cosas, cuidar el vínculo con el otro. Espacios como el Cumelén, el Centro de Jubilados o los diferentes puntos de recreación locales se transforman cotidianamente en refugios de calidez humana. Son el antídoto contra la soledad, ese rincón donde la palabra adquiere valor y donde cada persona mayor recupera su rol indiscutible de protagonista de la comunidad.
Detrás de cada participante hay una historia de esfuerzo, de trabajo silencioso, de familias criadas y de sueños sembrados en esta tierra pampeana. Brindarles un espacio para divertirse, para cantar, para competir sanamente y, sobre todo, para hacer nuevos amigos, es un acto de estricta justicia y de profundo amor colectivo.
Porque al final del día, las medallas se guardan, pero la calidez de una tarde compartida, la risa compartida y la certeza de saber que todavía hay mucho por festejar y descubrir… eso no se borra jamás. Gracias por enseñarnos que el futuro también se construye con la alegría del presente.