Impacto Informativo – «Andando los sueños»: la historia del viajero cordobés que recorre el continente en un camión de 1946 para unir Argentina con Alaska
Las rutas de la región recibieron en los últimos días una visita más que particular. Pablo Cebollero, oriundo de Villa Allende, provincia de Córdoba, hizo una parada técnica en su paso hacia el sur mendocino a bordo de una reliquia con historia propia: un camión Chevrolet modelo 1946 con el que se propuso cumplir el sueño de su vida, recorrer el continente americano desde Argentina hasta Alaska. Con su canal de YouTube Andando los Sueños, busca compartir cada kilómetro de esta travesía.
En una extensa charla, el viajero repasó los detalles de esta aventura, cómo adaptó su vehículo y qué significa lanzarse a la ruta a punto de cumplir 59 años.
De una charla familiar al sueño americano
— ¿Cómo nace esta locura linda de querer recorrer todo el continente desde Córdoba hasta Alaska?
— Nace hace mucho, en mi época de adolescente. En aquel momento tal vez era un viaje más corto, era viajar hasta Colombia por un tío que tengo y que está en Colombia todavía, y ahí se planta la semillita. Después, obviamente, esto fue expandiéndose, fue creciendo hasta transformarse en el épico viaje de recorrer toda América, desde Argentina hasta el extremo norte, que es Alaska.
— ¿Y con qué vehículo estás llevando adelante semejante travesía?
— El vehículo es un camión liviano, un camión Chevrolet de 1946 que era de San Rafael. Lo tenía una familia, lo cuidaba muchísimo y está en su estado original, hasta en seis voltios como era originalmente. Tiene su mecánica original, un motor Chevrolet de 235 pulgadas y seis cilindros en línea. Yo le hice unas pequeñas cositas nomás para la comodidad de este trayecto largo, pero el camión estaba en el estado en que se lo ve. Era un camión de carga general con sus barandas; le saqué las barandas y arriba le hice la parte habitable, que es estilo camper y es desmontable.
— ¿Qué comodidades pudiste instalarle en el interior para vivir allí?
— Tiene una cama de dos plazas, mesada con bacha, cocina de cuatro hornallas con horno, heladera tipo familiar y un baño bastante amplio con ducha, agua fría y caliente, inodoro y un calefactor de tiro balanceado. Además, lleva los tanques de agua correspondientes. Y en la parte trasera llevo una moto tipo enduro de 250 centímetros cúbicos, que le llamo cariñosamente «ella». El camión es «el viejo» y la moto es «ella». La moto cumple un papel importante porque hay caminos rurales, sobre todo hacia el noreste o en la ruta 40, donde por las limitaciones de altura o por las características del camino, el viejo no va a poder entrar, y ahí va a salir ella para llevarnos a conocer esos lugares.
La ruta, los costos y el ritmo del viaje
— A una travesía así hay que sostenerla económicamente. ¿Cómo hacés para solventar el día a día en la ruta?
— Hoy por hoy estoy tratando de subir contenido a YouTube que a la gente le guste, que participe, que sueñe conmigo y se suscriba al canal, para que en algún momento pueda llegar a financiarme todo o parte de este sueño. Mientras tanto, en los lugares emblemáticos por donde paso con el viejo, saco fotos y tengo postales para regalar o compartir. La gente me deja una colaboración; yo no les pongo un precio porque no quiero vender nada, simplemente colaboran. Hoy mi moneda de cambio son litros de nafta, porque el viejo tiene mucha sed.
— ¿A qué velocidad promedio viajás para cuidar el motor y disfrutar el paisaje?
— Viajo a 60 o 65 kilómetros por hora aproximadamente. El camión puede ir un poco más rápido, lo he probado a modo de prueba, pero lo tengo que cuidar y a esa velocidad viajo cómodo, puedo ir disfrutando el paisaje y viendo detalles que a otra velocidad ya no los podés ver. A esa velocidad sos parte casi del paisaje.
— ¿Te pusiste alguna fecha límite o tiempo estimado para llegar a destino?
— Estimo que el viaje puede llegar a durar unos tres años, pero es una estimación. No me quiero poner una fecha rígida porque eso sería trabajar con una presión que le saca el sentido al viaje. Por ejemplo, pensaba estar tres o cuatro días en Realicó y ya se fueron estirando. El lugar y el camino te van marcando el ritmo. Lo único que me limita un poco es la visa para Estados Unidos, que se me vence en el 2030, así que antes de esa fecha debería haber cruzado.
La interacción con la gente y el motor íntimo del viaje
— Mencionabas que antes planificabas todo con mapas y Google Maps, pero cambiaste de método…
— Sí, dejé de hacerlo porque perdí esa capacidad de asombrarme del lugar. Ahora dejo que el destino me sorprenda, y la gente me sorprende muchísimo más que el paisaje. Antes iba a las secretarías de turismo, pero hoy la mejor oficina de informes es la gente del lugar, los vecinos, el verdulero, que te recomiendan dónde ir, qué ver y te abren las puertas con una amabilidad inmensa.
— Estás a punto de cumplir 59 años. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando vas manejando a 60 kilómetros por hora?
— Vas sintiendo esa sensación de placer de estar haciendo lo que realmente soñás, y te diría que no hay palabras para describir eso. Es una cosa que te llena de verdad. Yo me encontraba en una etapa de la vida donde sentía que era ahora o nunca; si me quedaba iba a ser una frustración que te termina enfermando. Con los chicos ya grandes y con sus vidas hechas, era el momento indicado para largarse a la ruta.